“He aquí yo hago nuevas todas las cosas”

El capítulo 65 del libro de Isaías es una poderosa declaración del corazón de Dios: un Dios que se deja hallar, que extiende Sus manos con misericordia, pero que también es justo; un Dios que promete restauración y cielos nuevos para aquellos que le buscan de verdad.

El Señor comienza diciendo: “Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban.” ¡Qué revelación tan profunda! Dios se manifiesta incluso a quienes antes estaban lejos. Esto nos recuerda que la gracia de Dios no está limitada. Él sigue llamando, sigue tocando corazones, sigue derramando Su Espíritu sobre toda carne.

En el contexto pentecostal, entendemos que el Espíritu Santo continúa obrando hoy. Así como Dios se reveló a un pueblo que no lo buscaba, hoy Él se revela en medio de una generación distraída, herida y confundida. Su Espíritu sigue convenciendo de pecado, de justicia y de juicio. La pregunta es: ¿estamos respondiendo a ese llamado?

Isaías 65 también muestra el dolor de Dios ante la rebeldía de Su pueblo. Él dice que extendió Sus manos todo el día a un pueblo rebelde. ¡Qué imagen tan conmovedora! Nuestro Dios no es indiferente; es un Padre que anhela restauración. Pero el amor también implica santidad. No podemos vivir en desobediencia y esperar las bendiciones del pacto.

Hoy más que nunca, la iglesia necesita volver a la santidad, a la búsqueda genuina, al altar encendido. No se trata solo de emociones, sino de una vida transformada por el poder del Espíritu Santo. Avivamiento sin arrepentimiento no es avivamiento verdadero.

Sin embargo, el mensaje no termina en juicio, sino en esperanza gloriosa.

Dios promete bendición a Sus siervos: “Mis siervos comerán… mis siervos beberán… mis siervos se alegrarán.” Hay una clara diferencia entre quienes sirven a Dios y quienes le dan la espalda. El Señor honra a los que permanecen fieles.

Y luego viene una de las promesas más hermosas: “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra.” ¡Aleluya! Nuestro Dios es Dios de nuevos comienzos. No importa cuán arruinado parezca el presente, Él tiene la última palabra. Donde hubo ruina, Él trae restauración. Donde hubo vergüenza, Él trae gloria.

Para el creyente pentecostal, esta promesa no solo apunta al futuro eterno, sino también a la obra presente del Espíritu. Cada vez que una vida es transformada, cada vez que un corazón es restaurado, cada vez que alguien nace de nuevo, estamos viendo un adelanto de esa nueva creación.

Dios declara que ya no se oirán voces de lloro ni clamor. Nos habla de paz, de gozo y de comunión con Él. Nos habla de una relación tan cercana que “antes que clamen, responderé yo.” ¡Qué intimidad tan preciosa! Este es el nivel de comunión que el Espíritu Santo quiere llevarnos: una vida donde caminamos tan alineados con la voluntad de Dios que vemos respuestas incluso antes de terminar nuestra oración.

Amados lectores, Isaías 65 nos confronta y nos consuela. Nos llama a examinar nuestro corazón:
¿Estamos viviendo como pueblo rebelde o como siervos fieles?
¿Estamos ignorando la voz del Espíritu o respondiendo con obediencia?

Pero también nos anima: Dios aún extiende Sus manos. Dios aún transforma. Dios aún promete un futuro glorioso para aquellos que le aman.

Si hoy te sientes lejos, recuerda: Él todavía se deja hallar.
Si hoy estás luchando, recuerda: Él promete nuevos cielos y nueva tierra.
Si hoy estás sirviendo fielmente, recuerda: tu recompensa viene del Señor.

Que esta palabra encienda nuevamente el fuego en tu altar. Que el Espíritu Santo renueve tu pasión. Y que podamos vivir como parte de ese pueblo que Dios está formando: un pueblo lleno de Su gloria, apartado para Él, esperando la manifestación completa de Sus promesas.

Dios está haciendo algo nuevo.
¿Lo puedes percibir?

Bendiciones

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