“Transformados por la misericordia y renovados por el Espíritu” – Reflexión en Tito 3
El capítulo 3 de la carta del apóstol Pablo a Tito es un llamado poderoso a vivir una fe visible, práctica y llena del Espíritu Santo. No es solamente doctrina; es vida transformada. No es solo conducta moral; es el resultado de una obra sobrenatural del Espíritu en el corazón.
1. Una fe que se refleja en nuestra conducta (Tito 3:1-2)
Pablo comienza exhortando a los creyentes a que estén sujetos a las autoridades, que estén dispuestos para toda buena obra, que no difamen, que sean amables y muestren mansedumbre para con todos.
Esto nos recuerda que el cristiano pentecostal no solo se identifica por hablar en lenguas o por la manifestación de dones espirituales, sino por el fruto del Espíritu en su carácter. La llenura del Espíritu no se demuestra solo en el altar, sino en la manera en que tratamos a las personas, incluso a las difíciles.
Un verdadero avivamiento no solo produce emoción espiritual; produce transformación visible. Cuando el Espíritu Santo gobierna nuestro interior, cambia nuestra manera de hablar, de reaccionar y de convivir. El poder de Dios en nosotros debe traducirse en humildad, respeto y buenas obras.
2. Recordar de dónde nos sacó el Señor (Tito 3:3)
Pablo dice algo muy fuerte:
“Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados…”
Aquí hay una clave poderosa para la vida cristiana: no olvidar nuestro pasado sin Cristo.
La memoria espiritual nos mantiene humildes. Cuando recordamos que éramos esclavos del pecado, que vivíamos en desobediencia, que estábamos lejos de Dios, eso produce gratitud y compasión por los que aún no han conocido la verdad.
El pentecostal lleno del Espíritu no mira al pecador con superioridad, sino con misericordia, porque sabe que fue la gracia la que lo rescató. No fue nuestra fuerza, no fue nuestra religión, no fue nuestro esfuerzo. Fue la intervención divina.
3. La manifestación gloriosa de la gracia (Tito 3:4-5)
“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó…”
Esa palabra “pero” cambia toda la historia. Estábamos perdidos, pero Dios intervino. Estábamos muertos espiritualmente, pero su amor se manifestó.
Y Pablo deja claro algo fundamental:
“No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.”
Aquí está el corazón del evangelio. La salvación es un acto de misericordia. No es salario, es regalo. No es mérito, es gracia.
Desde una perspectiva pentecostal, entendemos que esta salvación no es solo un cambio legal delante de Dios; es una experiencia viva. Es el nuevo nacimiento. Es el momento en que el Espíritu Santo nos convence, nos limpia y nos transforma.
4. El lavamiento y la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5-6)
Este es uno de los versículos más poderosos del capítulo:
“…por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente…”
Aquí vemos dos obras gloriosas:
- Regeneración: nuevo nacimiento.
- Renovación: obra continua del Espíritu en nosotros.
El Espíritu Santo no solo nos toca una vez; Él nos renueva constantemente. Nos limpia pensamientos, sana heridas, transforma actitudes, fortalece nuestra fe.
Y dice que fue derramado “abundantemente”. Esa palabra es clave para nosotros como iglesia pentecostal. Dios no da el Espíritu con medida escasa. Él derrama. Él llena. Él rebosa.
El mismo Espíritu que descendió en Pentecostés es el que sigue obrando hoy. Él nos capacita para vivir en santidad, para vencer la carne, para servir con poder y para perseverar en medio de pruebas.
Sin el Espíritu Santo, el cristianismo se convierte en religión fría. Con el Espíritu Santo, se convierte en vida, fuego y transformación continua.
5. Justificados por gracia para vivir con propósito (Tito 3:7-8)
Pablo dice que somos justificados por su gracia y hechos herederos según la esperanza de la vida eterna.
No solo fuimos perdonados; fuimos adoptados. No solo fuimos limpiados; fuimos hechos herederos. Tenemos identidad, propósito y esperanza.
Y luego vuelve a insistir en algo práctico: que los creyentes se ocupen en buenas obras.
Esto es importante: las buenas obras no nos salvan, pero evidencian que hemos sido salvados. Una iglesia llena del Espíritu debe ser una iglesia activa en hacer el bien, en ayudar, en servir, en impactar su comunidad.
El poder del Espíritu no es solo para sentirlo; es para manifestarlo en servicio y amor.
6. Evitar contiendas inútiles (Tito 3:9)
Pablo también advierte sobre evitar discusiones necias y contiendas que no edifican.
Esto es muy necesario hoy. Podemos tener doctrina sana, pero si caemos en debates llenos de orgullo y división, perdemos el espíritu de Cristo.
El Espíritu Santo produce unidad, no división. Produce edificación, no destrucción. Nos llama a enfocarnos en lo esencial: Cristo, la gracia, la transformación y la misión.
Conclusión
Tito 3 nos muestra un cuadro completo del evangelio:
- Éramos pecadores.
- Dios mostró su misericordia.
- Fuimos salvados por gracia.
- El Espíritu Santo nos regeneró y nos renueva.
- Ahora vivimos para hacer buenas obras.
- Caminamos con esperanza eterna.
Es un llamado a recordar, agradecer y vivir en coherencia con lo que Dios hizo en nosotros.
Que no seamos solo creyentes de experiencia emocional, sino creyentes transformados diariamente por el Espíritu Santo. Que nuestra vida refleje que hemos sido lavados, regenerados y renovados.
Y que cada día podamos decir:
“Señor, sigue derramando tu Espíritu abundantemente en mí. No quiero solo haber sido tocado; quiero ser continuamente renovado.”
Amén.
