Reflexión – Salmo 67
Queridos hermanos y hermanas, hoy quiero invitarlos a meditar juntos en el Salmo 67, un salmo breve, pero profundamente misionero y lleno de esperanza. Es una oración que nos recuerda que la bendición de Dios nunca es solo para nosotros, sino que tiene un propósito mucho más grande.
El salmo comienza diciendo: “Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros.” Aquí vemos el deseo más profundo del corazón humano: ser alcanzados por la gracia de Dios, vivir bajo su mirada, experimentar su favor. Todos anhelamos la bendición del Señor en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestro trabajo y en nuestros proyectos.
Pero el salmista no se queda ahí. Inmediatamente nos muestra el para qué de esa bendición: “Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación.” Esto es clave. Dios nos bendice para que su nombre sea conocido. Nos levanta, nos sostiene y nos guía para que otros puedan ver quién es Él a través de nosotros.
Muchas veces podemos caer en la tentación de buscar la bendición solo para nuestro bienestar personal. Sin embargo, el Salmo 67 nos recuerda que somos instrumentos. Somos canales de la gracia de Dios para un mundo que necesita esperanza, dirección y salvación.
Luego, el salmo repite como un coro: “Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te alaben.” Este es el sueño de Dios: una alabanza que no tiene fronteras, que no distingue culturas ni idiomas. Un día, todas las naciones reconocerán que el Señor es justo, que Él gobierna con verdad y que guía a los pueblos por caminos de vida.
Qué hermoso es recordar que servimos a un Dios que no excluye, que no olvida, que no abandona. Un Dios que gobierna con justicia y amor. En medio de un mundo marcado por la confusión, la injusticia y el dolor, este salmo nos asegura que Dios sigue teniendo el control y que su propósito se está cumpliendo.
Hacia el final, el salmista declara: “La tierra dará su fruto; nos bendecirá Dios, el Dios nuestro.” Esto nos habla de provisión, de fruto, de respuesta divina. Cuando caminamos en el propósito de Dios, cuando vivimos para su gloria, hay fruto. Tal vez no siempre de la forma que esperamos, pero sí de la forma que Él sabe que necesitamos.
Y el salmo concluye con una afirmación poderosa: “Bendíganos Dios, y témanlo todos los confines de la tierra.” La bendición de Dios trae reverencia, trae reconocimiento, trae transformación. Cuando Dios obra en nuestra vida, otros pueden ver su mano y su poder.
Queridos oyentes, que hoy podamos hacer nuestra esta oración. Que pidamos la bendición del Señor, sí, pero con un corazón dispuesto a reflejar su luz. Que nuestra vida sea un testimonio vivo de su amor, para que muchos más lleguen a conocer su salvación.
Que Dios nos bendiga, y que a través de nosotros, muchos más puedan alabar su nombre. Amén.
