Los que no heredarán la vida eterna

Apocalipsis 21:8

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.” (Apocalipsis 21:8)

La paz del Señor sea con todos.

Vivimos en un tiempo en el que muchas personas desean escuchar mensajes que las hagan sentir bien, pero pocas quieren escuchar la verdad de Dios cuando llama al arrepentimiento. Sin embargo, el verdadero amor también advierte del peligro. Así como un padre avisa a su hijo cuando se acerca a un precipicio, Dios nos advierte para que no caminemos hacia la condenación eterna.

Apocalipsis 21 comienza describiendo el cielo nuevo y la tierra nueva. Habla de un lugar donde ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor, porque Dios mismo estará con su pueblo. Es una promesa maravillosa para quienes permanecen fieles a Cristo.

Pero inmediatamente después encontramos el versículo 8, donde el Señor muestra el otro destino: el de quienes rechazaron su voluntad y decidieron vivir apartados de Él.

La lista comienza con los cobardes. No se refiere a una persona que siente miedo en algún momento de su vida. Se refiere a quienes, por temor a los hombres, prefieren negar a Cristo antes que permanecer fieles. Son aquellos que conocen la verdad, pero eligen callarla para evitar el rechazo o la persecución. Jesús dijo que quien lo confesara delante de los hombres, Él también lo confesaría delante del Padre.

Luego menciona a los incrédulos. La incredulidad no consiste solamente en decir que Dios no existe. También es conocer el evangelio y decidir no creerle a Dios ni obedecer su Palabra. La fe verdadera transforma la vida y produce obediencia.

Después habla de los abominables, aquellos que practican el pecado sin arrepentimiento, endureciendo su corazón hasta considerar normal aquello que Dios llama pecado.

También aparecen los homicidas. Jesús enseñó que el odio y el rencor pueden convertirse en la raíz del asesinato. Dios desea que nuestro corazón sea limpiado de toda amargura y resentimiento.

Los fornicarios representan a quienes viven la inmoralidad sexual ignorando el diseño santo de Dios para el matrimonio. En una sociedad que normaliza el pecado, el creyente está llamado a vivir en pureza.

Los hechiceros incluyen a quienes buscan poder espiritual fuera de Dios. La brujería, el espiritismo, la adivinación, los amuletos y cualquier práctica ocultista son una abierta rebelión contra el Señor. El único que merece nuestra confianza absoluta es Jesucristo.

Después menciona a los idólatras. La idolatría no consiste solamente en inclinarse ante una imagen. Todo aquello que ocupa el lugar que solo Dios debe tener en nuestro corazón se convierte en un ídolo: el dinero, el éxito, el placer, el trabajo o incluso una persona.

Finalmente, el texto habla de todos los mentirosos. Parece un pecado pequeño para muchos, pero Dios toma muy en serio la mentira. Satanás es llamado padre de mentira, mientras que Cristo es la verdad. El hijo de Dios debe caracterizarse por la sinceridad y la integridad.

El versículo concluye diciendo que quienes perseveran en estas prácticas sin arrepentirse tendrán parte en el lago de fuego, que es la muerte segunda. Estas palabras son solemnes, pero no fueron escritas para sembrar desesperación, sino para llamar al arrepentimiento mientras aún hay tiempo.

La buena noticia del evangelio es que Jesucristo vino precisamente para salvar a pecadores. No importa cuál haya sido el pecado de una persona. Si hay un arrepentimiento sincero y una fe verdadera en Cristo, Dios ofrece perdón, restauración y una vida nueva.

El apóstol Pablo recordó a los creyentes que algunos de ellos habían vivido en pecado, pero añadió estas preciosas palabras: “Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús.” Esa sigue siendo la esperanza para todo aquel que viene a Cristo.

Hoy el Señor nos invita a examinar nuestro corazón. No para condenarnos, sino para llevarnos a una relación genuina con Él. Si existe algún pecado oculto, este es el momento de confesarlo. Si nos hemos apartado, este es el momento de regresar. La gracia de Dios sigue extendiendo sus brazos a todo aquel que se arrepiente.

No esperemos a que sea demasiado tarde. Hoy es el día de buscar al Señor. Hoy es el día de volver a Cristo con un corazón humilde y dispuesto a obedecer.

Oremos:

“Padre celestial, gracias por hablar a nuestras vidas mediante tu Palabra. Reconocemos que eres santo y justo. Examina nuestro corazón y muéstranos aquello que debemos abandonar. Perdónanos por nuestros pecados y límpianos con la sangre preciosa de Jesucristo. Ayúdanos a vivir en santidad, a permanecer fieles hasta el final y a no avergonzarnos de tu nombre. Escribe nuestros nombres en el Libro de la Vida y fortalécenos para caminar cada día contigo. En el nombre de Jesús. Amén.”

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