La Palabra del Señor en Epístola a los Romanos capítulo 14 nos enseña algo muy profundo para la vida cristiana: aprender a caminar en amor, en humildad y en unidad dentro del cuerpo de Cristo.
El apóstol Pablo de Tarso estaba hablando a creyentes que tenían diferencias entre ellos. Unos pensaban de una manera, otros de otra. Algunos tenían reglas más estrictas, otros se sentían más libres. Pero el problema no era la diferencia; el problema era el juicio, la crítica y la falta de amor.
Y hoy también pasa eso en la iglesia. A veces criticamos demasiado rápido. Juzgamos la apariencia, la forma de hablar, el proceso espiritual de otro hermano. Pero Romanos 14 nos recuerda que cada creyente le pertenece al Señor.
La Biblia dice:
“¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae…”
— Romanos 14:4
Qué poderosa palabra. Nosotros no somos dueños de nadie. El único Señor de la iglesia es Cristo. Y cuando el Espíritu Santo transforma una vida, Él sabe cómo tratar con cada persona.
Hay creyentes nuevos que apenas están comenzando. Otros llevan años en el evangelio. Algunos están fuertes espiritualmente y otros están luchando. Pero todos necesitamos la gracia de Dios.
Como iglesia pentecostal, creemos en el poder transformador del Espíritu Santo. Creemos que Dios cambia, restaura y santifica. Pero también entendemos que el proceso espiritual toma tiempo. No podemos empujar a la gente lejos del evangelio con críticas duras o actitudes orgullosas.
Romanos 14 también nos enseña que nuestra vida debe glorificar a Dios en todo.
Si vivimos, para el Sen˜or vivimos; y si morimos, para el Sen˜or morimos.
Ese pensamiento está basado en Romanos 14:8. ¡Qué hermoso! El creyente verdadero vive para Cristo. Ya no vivimos para agradar al mundo, ni para buscar aprobación humana. Vivimos para honrar al Rey de reyes.
Cuando una persona es llena del Espíritu Santo, comienza a cambiar su manera de hablar, de pensar y de actuar. Ya no busca pleitos ni divisiones. Busca paz. Busca santidad. Busca agradar al Señor.
El versículo 17 dice algo clave:
“Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.”
El Reino de Dios no se trata solamente de reglas externas. Se trata de una transformación interior producida por el Espíritu Santo.
Hay gente que conoce mucha religión, pero no tiene paz. Otros aparentan santidad, pero no tienen amor. Pero cuando el Espíritu Santo gobierna el corazón, hay gozo verdadero, hay misericordia, hay humildad.
La iglesia necesita volver a eso. Necesitamos menos críticas y más oración. Menos división y más unidad. Menos apariencia y más presencia de Dios.
Romanos 14 nos llama a ser edificadores, no destructores. A levantar al débil, no a hundirlo más. A ayudar al caído, no a señalarlo.
Jesús nunca rechazó al arrepentido. Él levantó al quebrantado, restauró al caído y tuvo misericordia del pecador. Y si Cristo tuvo misericordia de nosotros, también nosotros debemos tener misericordia de otros.
Quizás hoy alguien está cansado espiritualmente. Tal vez alguien se siente juzgado o señalado. Pero Dios te dice en esta hora: “Yo todavía estoy trabajando contigo.”
El Espíritu Santo no ha terminado la obra. Lo que Dios comenzó, Él lo perfeccionará.
Y como iglesia, debemos caminar en amor, porque el amor refleja el carácter de Cristo.
Para terminar, Romanos 14 nos deja tres enseñanzas:
- No juzgues apresuradamente a tu hermano.
- Vive para agradar a Dios y no a los hombres.
- Busca siempre la paz y la edificación espiritual.
Que el Señor nos ayude a ser una iglesia llena del Espíritu Santo, llena de amor y llena de gracia.
Amén.
