Romanos 8
Romanos capítulo 8 es uno de los pasajes más poderosos y llenos de esperanza de toda la Palabra de Dios. Es un capítulo que nos levanta, nos afirma y nos recuerda quiénes somos en Cristo Jesús.
El apóstol Pablo comienza con una declaración que transforma vidas:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.
Esto no es solo una frase bonita; es una verdad eterna. En Cristo ya no vivimos bajo culpa, ni bajo el peso del pasado, ni bajo la acusación del enemigo. Tal vez fallamos, tal vez tropezamos, pero no estamos condenados, porque la gracia de Dios nos alcanzó.
Romanos 8 nos enseña que ya no caminamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Y aquí hay una verdad clave para la vida cristiana: no se trata solo de creer, sino de vivir guiados por el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu gobierna nuestra mente, hay vida y hay paz, aun en medio de pruebas.
Más adelante, Pablo nos recuerda algo glorioso: somos hijos de Dios. No somos huérfanos espirituales, no estamos solos. El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos, y como hijos, también herederos. Esto significa que tenemos identidad, autoridad y una herencia eterna en Cristo Jesús.
Pero Romanos 8 no ignora el sufrimiento. Al contrario, reconoce que hay aflicciones, dolores y luchas. Sin embargo, nos da una perspectiva celestial:
“Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera”.
Lo que hoy duele, mañana tendrá sentido en la presencia de Dios. Nada es en vano cuando caminamos con Él.
Y cuando ya no sabemos cómo orar, cuando las fuerzas se acaban, Romanos 8 nos consuela diciendo que el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles. ¡Qué amor tan grande! Aun en nuestro silencio, Dios nos escucha.
El capítulo culmina con una de las declaraciones más poderosas de fe:
“Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”
Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús.
Querido oyente, querida oyente: en Cristo no solo somos vencedores, somos más que vencedores. No por nuestras fuerzas, sino por Aquel que nos amó primero.
Que esta palabra afirme tu fe, renueve tu esperanza y te recuerde que el Espíritu Santo camina contigo hoy y siempre.
Amén.
