Lectura bíblica: Hechos 9:36-43.
En la ciudad de Jope vivía una discípula llamada Tabita, que en griego se traduce Dorcas. La Biblia la describe como una mujer llena de buenas obras y de actos de misericordia. No era conocida por su riqueza, ni por su posición social, sino por su amor al prójimo y su servicio a Dios.
Pero un día ocurrió algo inesperado. Tabita enfermó y murió. La tristeza invadió a toda la iglesia. Aquella mujer que había dedicado su vida a ayudar a otros ya no estaba con ellos. Humanamente hablando, todo había terminado.
¿Cuántas veces nosotros también hemos pasado por momentos en los que parece que todo ha terminado? Hay sueños que parecen morir, familias que atraviesan crisis, corazones quebrantados, enfermedades, dificultades económicas y situaciones que nos hacen pensar que ya no hay esperanza.
Sin embargo, cuando Dios interviene, la última palabra nunca la tiene el problema.
Los discípulos, al saber que Pedro estaba cerca, enviaron a buscarlo con urgencia. Ellos no se resignaron. Buscaron la ayuda de Dios. Esa es una gran enseñanza para nosotros. En medio de la dificultad no debemos alejarnos del Señor; debemos correr hacia Él.
Cuando Pedro llegó, encontró un ambiente de dolor. Las viudas lloraban y le mostraban las túnicas y vestidos que Tabita había confeccionado para ellas. Aquellas prendas eran el testimonio de una vida dedicada al servicio.
Esto nos hace reflexionar: ¿qué legado estamos dejando? El verdadero éxito delante de Dios no se mide por lo que acumulamos, sino por las vidas que tocamos con el amor de Cristo.
Pedro hizo algo muy importante. La Biblia dice que hizo salir a todos, se arrodilló y oró. Antes de actuar, buscó la dirección de Dios.
Vivimos en una generación que quiere respuestas rápidas, pero los verdaderos milagros nacen en la presencia de Dios. Antes de hablarle al problema, debemos hablar con el Señor.
Después de orar, Pedro dijo unas palabras sencillas pero llenas de autoridad: “Tabita, levántate.”
No era el poder de Pedro; era el poder de Jesucristo obrando a través de un siervo obediente.
Y sucedió el milagro. Tabita abrió los ojos, vio a Pedro y se incorporó. Lo que parecía imposible ocurrió porque para Dios no hay nada imposible.
Quizá hoy hay áreas de tu vida que parecen muertas. Tal vez has perdido la esperanza, la alegría, el deseo de seguir adelante o incluso sientes que tu vida espiritual se ha enfriado.
El mismo Cristo que levantó a Tabita sigue teniendo poder para levantar lo que parece perdido. Él puede restaurar matrimonios, sanar corazones, fortalecer la fe, traer paz en medio de la tormenta y devolver la esperanza al que cree.
Este milagro tuvo un propósito mucho más grande que devolverle la vida a una mujer. La Escritura dice que muchos creyeron en el Señor al conocer lo sucedido. Cada milagro apunta a la gloria de Dios y conduce a las personas a Cristo.
Dios también quiere usar tu testimonio para que otros conozcan a Jesús. Tal vez el milagro que Él hará en tu vida será la respuesta que alguien más necesita para creer.
Finalmente, el capítulo termina diciendo que Pedro permaneció muchos días en Jope. Los milagros no son el final del camino; son una oportunidad para seguir creciendo, sirviendo y anunciando el evangelio.
Hoy el Señor nos deja tres enseñanzas muy claras:
- Vive una vida de servicio, como Tabita.
- En los momentos difíciles, busca primero a Dios en oración.
- Nunca des por perdido aquello que Dios todavía puede levantar.
No importa cuán difícil parezca la situación que enfrentas. El Dios que levantó a Tabita sigue siendo el mismo. Él no ha cambiado. Su poder permanece, su amor permanece y sus promesas siguen siendo fieles.
Oración
Padre celestial, gracias porque Tú eres el Dios de la vida y de la esperanza. Hoy ponemos delante de Ti todo aquello que parece perdido. Levanta nuestra fe, fortalece nuestro corazón y ayúdanos a servirte con amor, como lo hizo Tabita. Que nuestra vida sea un testimonio que acerque a muchas personas a Cristo. En el nombre de Jesús. Amén.
Que Dios te bendiga. Y recuerda: mientras Cristo esté presente, nunca es tarde para que ocurra un milagro.
