Mateo 12:43
“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla”.
Jesús está enseñándonos una verdad muy profunda. Una persona puede experimentar un cambio exterior, puede abandonar ciertas cosas, puede alejarse de malos caminos y hasta comenzar una nueva etapa en su vida. Pero si su corazón permanece vacío, aquello que fue expulsado puede intentar regresar.
Jesús continúa diciendo que aquel espíritu, al no encontrar reposo, decide regresar a la casa de donde salió. Y cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros espíritus peores que él.
Qué palabras tan serias.
La casa estaba limpia, pero estaba vacía.
Y aquí encontramos una gran enseñanza para nuestra vida espiritual.
No es suficiente limpiar nuestra vida; tenemos que llenarla de Dios.
Hay personas que dicen: “Yo dejé aquella vida. Ya no hago lo que hacía antes. Ya no estoy en aquellos lugares. Ya no tengo aquellas amistades”.
Y eso puede ser bueno. Pero la pregunta que debemos hacernos es:
¿Con qué hemos llenado el espacio que quedó vacío?
Porque si dejamos un pecado, pero no buscamos a Cristo, el vacío permanece.
Si dejamos una mala costumbre, pero no buscamos la presencia de Dios, el vacío permanece.
Si nos alejamos del mundo, pero no nos acercamos a Jesús, el vacío permanece.
Y un corazón vacío siempre estará buscando algo que lo llene.
Por eso Jesús no solamente vino a sacar lo malo de nuestra vida. Él vino a morar en nosotros.
Cristo quiere ocupar el primer lugar en nuestro corazón.
Quizás alguien que está leyendo esta reflexión está pasando precisamente por eso. Tal vez en algún momento de tu vida sentiste que Dios te ayudó a salir de algo. Dejaste atrás una relación, una adicción, una conducta, una amistad o una situación que estaba destruyendo tu vida.
Pero ahora te sientes vacío.
Quiero decirte algo en esta hora:
No regreses a aquello de donde Dios te sacó solamente porque estás sintiendo un vacío.
Ese vacío no necesita ser llenado con lo mismo que Dios sacó de tu vida.
Ese vacío necesita ser llenado con Jesucristo.
Busca su presencia.
Abre tu Biblia.
Ora.
Habla con Dios.
Congrégate.
Busca hermanos que puedan ayudarte espiritualmente.
Y sobre todo, entrega completamente tu corazón a Cristo.
Porque cuando Jesús entra en una vida, no solamente limpia la casa.
Jesús se convierte en el dueño de la casa.
Y cuando Cristo gobierna nuestro corazón, encontramos una paz que el mundo no puede ofrecer.
Quizás has intentado cambiar muchas veces y has terminado regresando a lo mismo. Quizás has dicho: “Esta vez sí voy a cambiar”, pero después de unos días vuelves a caer.
Hoy quiero recordarte que la solución no está solamente en tu fuerza de voluntad.
Necesitas a Jesús.
No necesitas simplemente ser una persona mejor.
Necesitas nacer de nuevo.
Necesitas entregar tu vida al Señor.
La Biblia dice en 2 Corintios 5:17:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
Esa es la esperanza del Evangelio.
Jesús puede hacer nuevas todas las cosas.
No importa cuán lejos hayas llegado.
No importa cuántas veces hayas caído.
No importa cuánto tiempo hayas estado alejado.
La puerta de la gracia todavía está abierta.
Hoy puede ser el día en que regreses a los brazos del Padre.
No permitas que tu corazón vuelva a quedar vacío.
Llénalo de la Palabra.
Llénalo de oración.
Llénalo de adoración.
Llénalo de la presencia de Dios.
Y permite que Jesucristo gobierne completamente tu vida.
No solamente saques lo malo. Deja que Cristo entre.
Porque una casa limpia pero vacía sigue siendo vulnerable.
Pero una vida entregada a Jesucristo puede permanecer firme en medio de cualquier batalla.
Si hoy estás lejos de Dios, vuelve.
Si estás luchando, clama al Señor.
Si has caído, levántate.
Si estás vacío, ven a Cristo.
Porque Jesús todavía salva.
Jesús todavía restaura.
Jesús todavía perdona.
Y Jesús todavía transforma vidas.
Que nuestra oración hoy sea:
“Señor Jesús, entra en mi corazón. Limpia mi vida, pero no permitas que mi corazón quede vacío. Lléname de tu presencia, de tu Palabra y de tu Espíritu. Quiero que tú seas el dueño de mi vida. Amén”.
Dios te bendiga. Y recuerda:
No basta con tener la casa limpia; necesitamos que Cristo habite en ella.
