2 Corintios 1:12
Amados lectores, hoy quiero compartir con ustedes una palabra que toca algo muy profundo de nuestra vida cristiana: la manera en que vivimos cuando nadie nos está mirando.
Pablo dice: “el testimonio de nuestra conciencia.”
Qué importante es esta expresión. Porque podemos engañar a las personas, podemos cuidar nuestra apariencia, podemos hablar de una manera delante de unos y de otra manera delante de otros. Pero hay algo que no podemos engañar: nuestra propia conciencia delante de Dios.
Pablo podía decir que su conciencia daba testimonio de cómo se había conducido. No estaba hablando de una vida perfecta, porque ningún ser humano es perfecto. Estaba hablando de una vida que procuraba caminar delante de Dios con sencillez y sinceridad.
Y aquí encontramos una pregunta para nosotros:
¿Qué testimonio está dando nuestra conciencia acerca de nuestra vida?
Tal vez las personas tienen una opinión de nosotros. Tal vez nuestros amigos piensan que somos buenas personas. Tal vez nuestros familiares nos conocen de cierta manera. Pero cuando estamos solos, cuando cerramos la puerta, cuando nadie puede ver lo que hacemos o pensamos, ¿cómo estamos delante de Dios?
La Palabra nos enseña que Dios no solamente mira lo que hacemos; Dios también conoce nuestro corazón.
Pablo dice que se condujo “con sencillez y sinceridad de Dios.”
La sencillez habla de una vida sin doblez. Sin tener una cara para la iglesia y otra para la calle. Sin aparentar delante de los demás algo que realmente no somos.
Y la sinceridad nos habla de verdad.
Dios no está buscando personas que aparenten ser perfectas. Dios busca corazones que sean sinceros delante de Él.
Hay momentos en nuestra vida en que podemos equivocarnos. Podemos caer. Podemos tomar malas decisiones. Podemos decir algo que no debíamos decir. Pero la diferencia está en lo que hacemos después.
El corazón sincero no es el corazón que nunca falla.
El corazón sincero es el que reconoce su error, se arrepiente y vuelve a Dios.
Por eso este versículo también nos recuerda que Pablo no dice que se condujo solamente por su propia capacidad. Él dice:
“no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios.”
¡Qué palabra tan poderosa!
Porque muchas veces creemos que podemos manejar nuestra vida con nuestra propia inteligencia, experiencia y fuerza. Pensamos que sabemos qué hacer y hacia dónde ir.
Pero llega un momento en que descubrimos que necesitamos algo más grande que nuestra propia sabiduría.
Necesitamos la gracia de Dios.
La gracia es lo que nos sostiene cuando nuestras fuerzas se terminan.
La gracia nos levanta cuando hemos caído.
La gracia nos enseña cuando hemos cometido errores.
La gracia nos permite continuar cuando pensamos que ya no podemos más.
Y quizás hoy alguno de los que está leyendo esta reflexión está atravesando precisamente ese momento.
Quizás por fuera todo parece estar bien, pero por dentro hay una lucha.
Quizás estás tratando de mantenerte firme, pero estás cansado.
Quizás has cometido errores y piensas que Dios ya no puede usarte.
Pero escucha esto:
La gracia de Dios todavía está disponible para ti.
No tienes que vivir tratando de demostrarle a Dios que eres perfecto.
Ven a Él con un corazón sincero.
Dile: “Señor, aquí estoy. Tú conoces mi corazón. Tú sabes mis luchas. Tú sabes mis debilidades. Ayúdame a caminar correctamente delante de Ti.”
Eso es lo que Pablo está enseñando.
Nuestra vida cristiana no debe estar basada simplemente en lo que las personas piensan de nosotros.
Debe estar basada en nuestra relación con Dios.
Porque llegará el día en que entenderemos que lo más importante no era tener una buena imagen delante de los hombres, sino tener un corazón limpio delante del Señor.
Por eso hoy quiero dejarte tres preguntas:
Primero: ¿Estoy viviendo con sencillez delante de Dios?
Segundo: ¿Estoy siendo sincero con Dios acerca de lo que está pasando en mi corazón?
Tercero: ¿Estoy dependiendo de mi propia sabiduría o de la gracia de Dios?
Quizás necesitamos detenernos hoy y hacer una revisión espiritual de nuestra vida.
No para condenarnos.
Sino para acercarnos más a Dios.
Porque cuando nuestra conciencia está tranquila delante del Señor, podemos caminar con una paz que ninguna persona puede darnos.
Podrán hablar de nosotros.
Podrán juzgarnos.
Podrán no entender nuestras decisiones.
Pero cuando sabemos que estamos procurando caminar correctamente delante de Dios, podemos seguir adelante.
Pablo tenía esa seguridad.
Su confianza no estaba en la opinión de los hombres.
Su confianza estaba en el testimonio de su conciencia y, sobre todo, en la gracia de Dios.
Así que hoy, querido lector, no vivas solamente para mantener una apariencia.
Vive para agradar a Dios.
No busques solamente que los demás vean una buena imagen de ti.
Busca que Dios pueda mirar tu corazón y encontrar en él sinceridad.
Y cuando falles, no huyas de Dios.
Corre hacia Dios.
Cuando estés débil, busca su gracia.
Cuando no sepas qué hacer, busca su dirección.
Cuando estés cansado, descansa en Él.
Y cuando nadie esté mirando, recuerda que Dios sí está mirando, pero no solamente para juzgarte; también para sostenerte, restaurarte y ayudarte a continuar.
Que nuestra oración pueda ser:
“Señor, dame un corazón sincero. Ayúdame a vivir con sencillez delante de Ti. Que mi conciencia pueda dar testimonio de que estoy procurando caminar en tus caminos. Y cuando mis fuerzas falten, recuérdame que no dependo de mi propia sabiduría, sino de tu maravillosa gracia.”
Amado lector, que nuestra vida pública y nuestra vida privada puedan ser una sola delante de Dios.
Que no tengamos que aparentar.
Que no tengamos que esconder.
Que podamos caminar en sinceridad, confiando cada día en la gracia del Señor.
Porque al final, lo que verdaderamente importa no es solamente lo que los demás dicen de nosotros, sino lo que Dios conoce de nuestro corazón.
Dios te bendiga, te fortalezca y te ayude a caminar cada día con sencillez, sinceridad y bajo su gracia. Amén.
