CUANDO TODO PARECE REPETIRSE

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo vanidad.”
Eclesiastés 1:2 — Reina-Valera

Hay momentos en la vida en los que podemos sentir que todo se ha convertido en una rutina. Los días pasan, las responsabilidades se acumulan y muchas veces tenemos la sensación de estar haciendo lo mismo una y otra vez. Nos levantamos, trabajamos, atendemos nuestras obligaciones, regresamos a casa y al día siguiente comienza nuevamente el mismo ciclo.

Eclesiastés capítulo 1 nos presenta una reflexión profunda sobre esa realidad de la vida. El Predicador observa todo lo que sucede debajo del sol y llega a una conclusión que, a primera vista, puede parecer bastante pesimista: “Vanidad de vanidades, todo vanidad.”

Pero cuando entendemos lo que significa “vanidad” en este contexto, descubrimos una enseñanza muy importante. El Predicador está hablando de aquello que es pasajero, temporal y que no puede satisfacer completamente el corazón humano.

Podemos alcanzar muchas cosas y, aun así, sentir que nos falta algo.

Podemos trabajar durante años para conseguir una meta y, cuando finalmente la alcanzamos, descubrir que inmediatamente aparece otra. Podemos comprar aquello que tanto deseábamos y después comenzar a desear algo diferente. Podemos recibir reconocimiento de otras personas y, aun así, seguir buscando aprobación.

Esto sucede porque ninguna cosa material fue creada para ocupar el lugar que solamente le corresponde a Dios.

Eclesiastés 1:4-5 dice:

“Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.”

El Predicador observa cómo funciona la vida: el sol sale y vuelve a ponerse, las generaciones llegan y luego pasan, los ríos corren hacia el mar y el ciclo continúa.

Hay algo en esta descripción que resulta muy familiar. La vida tiene temporadas y ciclos. Hay cosas que se repiten, situaciones que vuelven a presentarse y momentos en los que sentimos que no estamos avanzando.

Quizás alguien que lee estas palabras se encuentra precisamente en una de esas temporadas.

Tal vez lleva meses esperando una respuesta.

Tal vez ha estado orando por una situación familiar que todavía no cambia.

Tal vez ha trabajado mucho y siente que los resultados nunca llegan.

Tal vez está atravesando una etapa en la que cada día parece igual al anterior.

Sin embargo, una temporada repetitiva no significa que Dios haya dejado de trabajar.

Muchas veces nosotros solamente podemos ver lo que está ocurriendo alrededor, mientras que Dios está trabajando en áreas que todavía no podemos observar.

Nosotros queremos que Dios cambie inmediatamente nuestras circunstancias, pero en ocasiones Dios está utilizando esas mismas circunstancias para formar nuestra fe, fortalecer nuestro carácter y enseñarnos a depender más de Él.

Queremos que cambie la situación, mientras Dios está trabajando en nuestro corazón.

Queremos una respuesta inmediata, mientras Dios nos está enseñando a confiar.

Queremos salir rápidamente del proceso, mientras Dios está preparando nuestra vida durante ese proceso.

Por eso, no debemos interpretar el silencio como ausencia.

Que todavía no veamos una respuesta no significa que Dios no haya escuchado nuestra oración.

Eclesiastés 1:3 pregunta:

“¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?”

Esta pregunta también nos lleva a examinar nuestras prioridades.

El trabajo es importante. Las responsabilidades son importantes. Tener metas y esforzarnos por alcanzarlas también forma parte de nuestra vida. El problema comienza cuando convertimos esas cosas en el propósito principal de nuestra existencia.

El mundo puede enseñarnos a pensar que la satisfacción llegará cuando tengamos más dinero, más posesiones, más reconocimiento o más éxito.

Pero después de conseguir una cosa, aparece otra que queremos alcanzar.

Y así podemos pasar toda nuestra vida persiguiendo algo que nunca termina de satisfacer el corazón.

Jesús hizo una pregunta muy seria en Mateo 16:26:

“Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”

Podemos tener muchas cosas y, al mismo tiempo, estar espiritualmente vacíos.

Podemos tener una casa llena de posesiones y un corazón sin paz.

Podemos tener muchas personas a nuestro alrededor y sentirnos solos.

Podemos alcanzar grandes logros y todavía preguntarnos cuál es el verdadero propósito de nuestra vida.

Por eso Eclesiastés nos invita a detenernos y mirar más profundamente.

La vida no puede reducirse a lo que conseguimos, a lo que poseemos o a lo que otros piensan de nosotros.

Hay una dimensión eterna que no podemos ignorar.

Una de las expresiones que encontramos en Eclesiastés es “debajo del sol”. El Predicador está observando la vida desde la perspectiva de lo que ocurre en este mundo.

Y cuando solamente miramos lo que tenemos delante de nuestros ojos, muchas cosas pueden parecer incomprensibles.

Hay pérdidas que no entendemos.

Hay puertas que se cierran.

Hay oraciones que parecen tardar demasiado.

Hay momentos en los que preguntamos por qué Dios permitió determinada situación.

Pero nuestra fe nos recuerda que lo que vemos ahora no es toda la realidad.

Pablo escribió en 2 Corintios 4:18:

“No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.”

Esta palabra puede traer esperanza a un corazón cansado.

Lo que estás viendo hoy no es necesariamente el final de tu historia.

La dificultad que atraviesas es temporal.

La temporada que estás viviendo puede cambiar.

El dolor que hoy parece interminable no tendrá la última palabra.

Y aun cuando algunas circunstancias no cambien de la manera que esperamos, nuestra esperanza permanece firme porque nuestra vida está en las manos de Dios.

Por eso también encontramos una hermosa verdad en 1 Corintios 15:58:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

Quizás muchas personas no conocen todo lo que has hecho.

Quizás nadie sabe cuántas veces has orado por tu familia.

Nadie conoce todas las lágrimas que has derramado.

Nadie ha visto algunas de las batallas que has tenido que enfrentar en silencio.

Pero Dios sí las conoce.

Cada oración tiene valor.

Cada acto de servicio tiene valor.

Cada esfuerzo realizado con amor tiene valor.

Cada vez que decidimos permanecer firmes en medio de una dificultad, Dios lo ve.

Por eso, aunque algunas cosas de esta vida sean pasajeras, nuestro trabajo en el Señor no es en vano.

Si hoy estás cansado porque sientes que todo se repite, no permitas que ese cansancio te haga pensar que Dios se ha olvidado de ti.

Quizás estás atravesando un proceso que todavía no comprendes.

Quizás estás esperando algo que todavía no ha llegado.

Quizás necesitas aprender a confiar en Dios aun cuando no tienes todas las respuestas.

Isaías 40:31 nos recuerda:

“Pero los que esperan á Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.”

Esperar en Dios no significa quedarse sin esperanza. Significa continuar confiando en Él mientras llega el momento que no podemos controlar.

A veces quisiéramos conocer todo el camino antes de comenzar a caminar, pero Dios muchas veces nos pide simplemente dar el siguiente paso.

No necesitas entender todo lo que Dios está haciendo para seguir confiando en Él.

No necesitas tener todas las respuestas para continuar creyendo.

No necesitas ver el resultado para seguir siendo fiel.

Dios sigue siendo Dios aun en los días que parecen iguales.

Eclesiastés nos recuerda que las cosas de este mundo son pasajeras. Las circunstancias cambian, las generaciones pasan, las posesiones desaparecen y los logros humanos pierden su importancia con el tiempo.

Pero Dios permanece.

Por eso, nuestra seguridad no debe estar en lo que tenemos, sino en Aquel que sostiene nuestra vida.

Quizás hoy no puedas cambiar las circunstancias que te rodean. Pero puedes decidir dónde colocar tu confianza.

Puedes seguir orando.

Puedes seguir creyendo.

Puedes seguir haciendo el bien.

Puedes seguir sirviendo.

Puedes seguir caminando con Dios.

Y aunque todavía no puedas ver lo que Él está haciendo, puedes descansar en la certeza de que tu vida no está fuera de Sus manos.

ORACIÓN

Señor, ayúdanos a comprender que las cosas pasajeras de esta vida no pueden ocupar el lugar que solamente Tú debes tener en nuestro corazón.

Cuando sintamos que todo se repite, danos fuerzas para continuar.

Cuando no entendamos lo que estamos viviendo, danos fe para confiar.

Cuando nuestras oraciones parezcan tardar, enséñanos a esperar en Ti.

Líbranos de buscar nuestra satisfacción únicamente en las cosas materiales y ayúdanos a encontrar nuestro verdadero propósito en Tu presencia.

Recuérdanos que nuestro trabajo en Ti no es en vano y que nuestra vida tiene valor delante de Tus ojos.

Ayúdanos a mirar más allá de las circunstancias presentes y a recordar que las cosas que vemos son temporales, pero las que no vemos son eternas.

En el nombre de Jesús.

Amén.

PARA REFLEXIONAR HOY

Si estás atravesando una etapa en la que todo parece repetirse, no pienses que Dios se ha olvidado de ti.

Quizás tú solamente estás viendo el proceso, pero Dios ya conoce el propósito.

No abandones tu fe porque todavía no ves el resultado.

No dejes de orar porque la respuesta está tardando.

No dejes de hacer el bien porque nadie parece reconocerlo.

Sigue caminando.

Sigue confiando.

Sigue esperando en Dios.

Porque las circunstancias cambian, las temporadas pasan y muchas cosas que hoy parecen importantes mañana quedarán atrás.

Pero Dios permanece fiel.

Y cuando nuestra vida está puesta en Sus manos, incluso los días que parecen repetirse pueden convertirse en parte de un propósito mucho mayor.

Que Dios fortalezca tu corazón, renueve tus fuerzas y te ayude a vivir cada día no buscando solamente lo pasajero, sino aquello que tiene valor eterno.

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