JESUCRISTO VIENE, Y SU PROMESA PERMANECE

Texto bíblico: Apocalipsis 22:12-13

«He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último».

Cuando leemos el libro de Apocalipsis, muchas veces nuestra atención se dirige hacia las señales, las trompetas, los sellos, las bestias y los acontecimientos que anuncian el final de los tiempos.

Pero hay algo mucho más importante que debemos comprender: el mensaje central de Apocalipsis es Jesucristo.

Este libro no fue escrito para que vivamos aterrorizados por el futuro, sino para recordarnos que Dios tiene el control de todas las cosas y que Jesucristo es el Señor de la historia.

Vivimos en un mundo lleno de incertidumbre. Hay guerras, enfermedades, problemas familiares, injusticias y personas que han perdido la esperanza. Muchos se preguntan qué sucederá mañana y hacia dónde se dirige la humanidad.

Sin embargo, el creyente tiene una promesa que permanece firme: Jesucristo volverá.

En Apocalipsis 1:8 encontramos estas palabras:

«Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso».

Esto nos enseña que antes de que existiera todo, Dios ya era Dios. Y cuando llegue el final de todas las cosas, Él seguirá siendo el Todopoderoso.

Por eso, nuestra confianza no debe estar puesta en los gobiernos, en las riquezas ni en las promesas de los hombres. Nuestra confianza debe estar puesta en Jesucristo.

Pero hay algo que debemos preguntarnos personalmente: ¿Estamos preparados espiritualmente para encontrarnos con nuestro Señor?

No basta con conocer las profecías. No basta con hablar del fin del mundo. No basta con conocer los acontecimientos que aparecen en Apocalipsis.

Lo verdaderamente importante es tener una relación sincera con Dios, vivir en obediencia a su Palabra y permanecer firmes en la fe.

En Apocalipsis 3:20, Jesús dice:

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo».

Estas palabras nos recuerdan que Cristo desea tener comunión con nosotros.

Quizás alguien que está leyendo esta reflexión se ha alejado de Dios. Quizás las preocupaciones de la vida han enfriado su fe. O quizás lleva mucho tiempo asistiendo a una iglesia, pero necesita examinar sinceramente su corazón.

Hoy es un buen momento para volvernos al Señor.

No debemos esperar a que las circunstancias sean perfectas para buscar a Dios. Debemos buscarlo ahora, mientras tenemos oportunidad.

El libro de Apocalipsis también nos presenta una esperanza maravillosa: un día Dios quitará el sufrimiento de sus hijos.

Apocalipsis 21:4 declara:

«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».

¡Qué promesa tan hermosa!

Llegará el día en que no habrá más hospitales, ni despedidas, ni lágrimas por la pérdida de nuestros seres queridos. No habrá más injusticias ni sufrimiento.

Todo lo que hoy nos hace llorar quedará atrás, porque Dios hará nuevas todas las cosas.

Por eso, hermano y hermana, no permitas que las dificultades de este mundo apaguen tu esperanza.

Si estás atravesando una prueba, permanece firme. Si estás pasando por una enfermedad, confía en Dios. Si tienes problemas que parecen no tener solución, sigue buscando al Señor.

Nuestra esperanza no está en que este mundo mejore por sí solo. Nuestra esperanza está en la promesa de Jesucristo.

Una palabra final para reflexionar:

Apocalipsis termina con una declaración que todo creyente debe guardar en su corazón.

En Apocalipsis 22:20 leemos:

«Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús».

Esta debe ser también nuestra esperanza y nuestra oración.

Que cuando Cristo venga, nos encuentre perseverando en la fe, amando su Palabra y viviendo conforme a su voluntad.

No vivamos dominados por el miedo al futuro. Vivamos preparados, confiando en aquel que prometió regresar.

Oración:

Señor, gracias por tu Palabra y por las promesas que nos has dejado. Ayúdanos a permanecer firmes en la fe, a vivir cada día en obediencia y a no perder la esperanza en medio de las dificultades. Prepara nuestros corazones para tu venida y enséñanos a confiar siempre en ti. En el nombre poderoso de Jesús. Amén.

Que Dios bendiga a cada persona que ha leído esta reflexión.

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